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Eje intestino-hígado: disbiosis, hígado graso y qué puedes hacer

El eje intestino-hígado explica por qué la salud de la microbiota intestinal puede influir en el hígado: la disbiosis se asocia a mayor permeabilidad intestinal, inflamación y grasa hepática en el EHGNA o MASLD. Esta guía recoge los mecanismos propuestos, los signos que justifican consulta médica, si la disbiosis puede revertirse y qué evidencia respalda la dieta mediterránea, la fibra, la pérdida de peso y los probióticos.
gut microbiome and NAFLD

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El eje intestino-hígado es el circuito por el que el intestino y el hígado se comunican de forma continua. Cuando existe disbiosis intestinal —una alteración de la composición de la microbiota—, esa comunicación puede desequilibrarse y contribuir a la inflamación y a la acumulación de grasa en el hígado, como ocurre en el hígado graso no alcohólico (EHGNA), hoy llamado MASLD. En esta guía explicamos cómo funciona este eje, qué relación guarda con el hígado graso, qué signos justifican consultar a un profesional sanitario, si la disbiosis puede revertirse y qué dice la evidencia sobre la dieta, la fibra y los probióticos.

En pocas palabras: la sangre del intestino llega primero al hígado a través de la vena porta. Por eso, los productos derivados de la actividad microbiana pueden influir en la inflamación hepática y en la grasa del hígado. Cuidar la microbiota con dieta y hábitos sostenidos es hoy una de las medidas con mayor respaldo para apoyar ambos órganos.

¿Qué es el eje intestino-hígado?

La conexión entre el intestino y el hígado es anatómica y funcional. La sangre venosa del intestino se recoge en la vena porta y llega primero al hígado, que procesa los nutrientes absorbidos y se enfrenta, al mismo tiempo, a productos derivados de la actividad microbiana: lipopolisacáridos (LPS), metabolitos bacterianos y fragmentos de la pared celular. En la práctica, el hígado actúa como el primer filtro inmunitario de lo que atraviesa la mucosa intestinal.

Cuando la barrera intestinal está intacta, el paso de estas moléculas es limitado y controlado: la capa de moco, las uniones estrechas entre las células epiteliales y el sistema inmunitario de la mucosa mantienen ese equilibrio. Si la permeabilidad intestinal aumenta, más productos microbianos alcanzan la circulación portal (translocación bacteriana) y estimulan a las células de Kupffer, los macrófagos residentes del hígado, que responden liberando mediadores inflamatorios. A este paso elevado de productos bacterianos a la sangre se le conoce como endotoxemia.


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La comunicación es además bidireccional: el hígado influye sobre el intestino mediante los ácidos biliares y la inmunoglobulina A secretora. Por eso los investigadores estudian el eje intestino-hígado como un circuito integrado: una disbiosis puede favorecer la inflamación hepática y, a la vez, un hígado alterado puede modificar el medio intestinal.

Cómo la disbiosis intestinal puede influir en el hígado

Se han propuesto varios mecanismos por los que la microbiota intestinal podría contribuir a la grasa y a la inflamación hepáticas. Su solidez evidencial es desigual: algunos están bien documentados en modelos animales y apoyados parcialmente en humanos, mientras que otros siguen siendo hipótesis en investigación.

Permeabilidad intestinal aumentada y endotoxemia (LPS y TLR4)

En modelos animales, la translocación de LPS desde el intestino hacia el hígado desencadena inflamación de bajo grado a través del receptor TLR4 en las células de Kupffer, y esta endotoxemia metabólica agrava la esteatosis y la progresión a esteatohepatitis. En humanos se han descrito niveles algo más altos de marcadores de permeabilidad y de translocación bacteriana en personas con hígado graso, aunque los resultados son más variables que en animales.

Conviene no confundir el aumento de la permeabilidad intestinal, un fenómeno medible en investigación, con el llamado «síndrome del intestino permeable», que no es un diagnóstico clínico aceptado de forma universal. La permeabilidad puede modificarse por la dieta, el alcohol, las infecciones, los medicamentos y el propio estrés metabólico, por lo que su interpretación siempre requiere contexto.


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Alteración del metabolismo de los ácidos biliares (FXR y TGR5)

Los ácidos biliares se sintetizan en el hígado a partir del colesterol y la microbiota intestinal los transforma a lo largo del tubo digestivo. Actúan como moléculas señalizadoras: activan el receptor FXR, que regula la síntesis de bilis y el metabolismo de la glucosa y los lípidos, y el receptor TGR5, implicado en el gasto energético y la función inmunitaria. La disbiosis puede modificar el tamaño y la composición del pool de ácidos biliares y, con ello, estas señales; algunos fármacos en estudio para la MASH actúan precisamente sobre la vía FXR.

Menos ácidos grasos de cadena corta y butirato

Las bacterias fermentan la fibra dietética y producen ácidos grasos de cadena corta (AGCC), entre ellos el butirato, principal fuente de energía de las células del colon. El butirato ayuda a mantener las uniones estrechas del epitelio y posee efectos antiinflamatorios. Varios estudios han observado una menor abundancia de bacterias productoras de butirato en personas con hígado graso, aunque no está claro si es causa o consecuencia, y su medición depende del método y del tránsito intestinal.

Etanol endógeno, colina y TMAO

Algunas cepas bacterianas, en particular ciertas cepas de Klebsiella pneumoniae, pueden producir cantidades apreciables de alcohol dentro del intestino, un fenómeno descrito en animales y en casos clínicos aislados sin consumo de bebidas alcohólicas. La microbiota también metaboliza la colina, nutriente esencial para exportar la grasa hepática en forma de VLDL, y convierte la colina y la L-carnitina en TMA, que el hígado oxida a TMAO, un metabolito asociado en estudios observacionales a riesgo cardiometabólico. Esta evidencia en humanos es todavía preliminar y procede de series muy pequeñas.

Disbiosis y enfermedades del hígado: del EHGNA a la cirrosis

Las alteraciones del microbioma intestinal no se limitan al hígado graso: se han descrito patrones distintos según la enfermedad hepática, aunque con matices importantes.

Hígado graso no alcohólico (EHGNA), hoy llamado MASLD

El EHGNA se define por la acumulación excesiva de grasa en más del 5 % de los hepatocitos, sin un consumo de alcohol relevante. Evoluciona en un espectro: esteatosis simple, esteatohepatitis y, en una minoría de casos, fibrosis, cirrosis o cáncer hepatocelular. Suele detectarse de forma incidental, mediante transaminasas elevadas o una ecografía abdominal, y su prevalencia estimada en adultos ronda el 25-30 % a escala mundial. Su terreno habitual es metabólico: aparece con más frecuencia en personas con obesidad, resistencia a la insulina, diabetes tipo 2 o síndrome metabólico, aunque también puede darse con peso normal.

En 2023, varias sociedades científicas acordaron sustituir los términos NAFLD y NASH por MASLD y MASH, para reflejar mejor su naturaleza cardiometabólica y reducir el estigma del término «alcohólico». Ambas terminologías conviven en la literatura y la práctica clínica.

El hallazgo microbiano más consistente en el hígado graso es una menor diversidad microbiana, con enriquecimiento relativo de Proteobacteria —el filo al que pertenecen muchas Enterobacteriaceae, incluida Escherichia coli— y reducción de bacterias productoras de butirato, como Faecalibacterium prausnitzii. En la esteatohepatitis se describe con mayor frecuencia el sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO), y algunos trabajos relacionan cambios en géneros como Bacteroides con la fibrosis avanzada.

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Otras enfermedades hepáticas

En la enfermedad alcohólica del hígado, el alcohol altera la composición de la microbiota y daña la barrera intestinal, lo que favorece el paso de productos bacterianos a la circulación portal y la inflamación hepática. En la cirrosis la disbiosis suele ser más marcada, con sobrecrecimiento bacteriano y mayor translocación, lo que se asocia a endotoxemia y a un mayor riesgo de infecciones, una causa frecuente de descompensación. En la encefalopatía hepática participan productos tóxicos de origen intestinal, como el amoníaco; de hecho, algunos tratamientos que emplean los médicos actúan precisamente sobre el intestino.

Estas asociaciones proceden mayoritariamente de estudios observacionales con muestras pequeñas, por lo que las «firmas microbianas» deben interpretarse como tendencias de grupo y no como patrones individuales ni herramientas diagnósticas. La obesidad, la diabetes, la edad, la dieta y el uso de inhibidores de la bomba de protones, metformina o antibióticos modifican la microbiota por sí mismos, y los resultados también dependen del método de secuenciación y de la población de referencia.

¿Cuáles son los primeros signos de que el hígado está sufriendo?

En sus fases tempranas, el hígado graso y muchas otras enfermedades hepáticas no dan síntomas, por lo que no existen señales fiables de aviso precoz: con frecuencia la alteración se descubre de forma incidental, en un análisis con transaminasas elevadas o en una ecografía realizada por otros motivos.

Sí conviene conocer las señales que justifican una consulta médica, aunque ninguna es específica del hígado:

  • Ictericia: coloración amarillenta de la piel o del blanco de los ojos, a veces con orina oscura.
  • Fatiga persistente o malestar general sin explicación.
  • Molestias o dolor en la parte superior derecha del abdomen.
  • Pérdida de apetito, pérdida de peso no deseada o náuseas recurrentes.
  • Hinchazón del abdomen o de las piernas, o picor cutáneo mantenido.

Si presentas alguno de estos signos, o tienes factores de riesgo metabólicos (sobrepeso, diabetes, colesterol alto) y quieres valorar tu hígado, habla con un profesional sanitario, que podrá solicitar pruebas específicas. Ante señales de alarma como ictericia, sangre en las heces, dolor intenso o pérdida de peso rápida, la consulta debe hacerse sin demora.

¿Puede revertirse la disbiosis intestinal?

En términos generales, sí: la microbiota intestinal es dinámica y responde a la dieta y al estilo de vida. Los cambios alimentarios pueden modificar la composición de la comunidad microbiana en cuestión de días o semanas, aunque sostener esos cambios es lo que mantiene la mejora a medio plazo. No existe un calendario universal: el ritmo depende del punto de partida, de la medicación, del tránsito intestinal y de la constancia.

En el hígado graso, la reversibilidad depende sobre todo del estadio. La esteatosis y la inflamación pueden mejorar de forma notable con pérdida de peso, dieta y ejercicio sostenidos, mientras que la fibrosis avanzada o la cirrosis son mucho más difíciles de revertir y requieren seguimiento médico. Conviene recordar también que la disbiosis no es un diagnóstico clínico: ninguna persona puede saber por sus síntomas si la tiene.


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¿Cómo sanar el intestino y el hígado? Pautas con respaldo científico

Las intervenciones con mayor evidencia en el hígado graso son, además, las que transforman la microbiota intestinal: la dieta, el peso y la actividad física actúan a la vez sobre el metabolismo hepático y sobre la ecología microbiana. Las siguientes pautas priorizan medidas de bajo riesgo respaldadas por las guías clínicas:

  1. Adopta un patrón mediterráneo: abundantes verduras, legumbres, frutas, cereales integrales, aceite de oliva virgen, pescado y frutos secos, con poca carne roja y pocos ultraprocesados.
  2. Recorta los azúcares añadidos: reducir la fructosa de las bebidas azucaradas es una de las medidas con mayor impacto sobre la grasa hepática.
  3. Aumenta la fibra de forma progresiva: prioriza la de alimentos vegetales variados. Los prebióticos naturales, como la inulina y los fructooligosacáridos presentes en la alcachofa, la achicoria, el puerro o el plátano, son los más estudiados; incorpóralos poco a poco para evitar gases o distensión.
  4. Busca una pérdida de peso realista si hay exceso: según las guías europeas, perder entre el 7 y el 10 % del peso puede mejorar la esteatohepatitis e incluso la fibrosis en muchas personas, y reducciones menores ya mejoran la esteatosis. Es preferible planificarla con apoyo profesional.
  5. Muévete a diario: el ejercicio aporta beneficios independientes del peso, al mejorar la sensibilidad a la insulina y la composición de la microbiota.
  6. Modera o evita el alcohol: cualquier ingesta añade estrés al hígado y altera la microbiota.
  7. Usa antibióticos solo cuando estén indicados: su impacto sobre la diversidad microbiana puede prolongarse durante meses; deben emplearse bajo supervisión médica.

¿Deberías tomar probióticos si tienes problemas de hígado?

La evidencia sobre probióticos e hígado sugiere efectos moderados, pero con limitaciones importantes. Los metaanálisis de ensayos clínicos indican que ciertas formulaciones pueden reducir modestamente la ALT y mejorar parámetros de esteatosis frente a placebo, con resultados heterogéneos entre estudios. Las mejoras suelen ser de magnitud pequeña, los ensayos son cortos (habitualmente de tres a seis meses) y ninguno ha evaluado desenlaces duros como cirrosis o mortalidad. Además, los efectos son específicos de cepa y de dosis: un beneficio observado con una formulación concreta no puede extrapolarse a cualquier producto del comercio.

Las formulaciones más estudiadas son VSL#3, Lactobacillus rhamnosus GG y diversas combinaciones de Lactobacillus acidophilus y Bifidobacterium. Akkermansia muciniphila, asociada a un perfil metabólico más favorable, ha despertado interés, aunque la evidencia en personas con hígado graso es muy limitada. Las guías clínicas no incluyen los probióticos como tratamiento establecido del EHGNA: si tienes algún problema hepático, comenta su uso antes con un profesional sanitario, especialmente en caso de inmunodepresión, enfermedad grave o cirrosis. Ningún probiótico sustituye el tratamiento médico prescrito.

Prebióticos, fibra y simbióticos

Los prebióticos son sustratos fermentables que favorecen selectivamente el crecimiento de bacterias beneficiosas: pequeños ensayos en personas con hígado graso han mostrado mejoras de la ALT o de la esteatosis, aunque con muestras limitadas. La fibra alimentaria total cuenta con evidencia más sólida, ya que su consumo se asocia a menor riesgo de hígado graso y de enfermedad cardiovascular, en parte a través de la producción de AGCC. Los simbióticos, que combinan probióticos y prebióticos, han mostrado en ensayos pequeños efectos similares o algo superiores a los probióticos solos, pero la evidencia sigue siendo preliminar. En la práctica, la recomendación más respaldada es priorizar la fibra de alimentos vegetales variados por encima de suplementos concretos.

Trasplante de microbiota fecal (TMF): promesa y realidad

La lógica del TMF es restaurar una microbiota diversa transfiriendo heces de un donante saludable. En modelos animales, trasladar microbiota de ratones con hígado graso a ratones sanos transfiere parcialmente el fenotipo. En humanos, pequeños ensayos han explorado el TMF por vía oral o endoscópica, con mejoras discretas de la resistencia a la insulina o de la ALT en algunos estudios, pero resultados inconsistentes sobre la esteatosis medida por imagen. Sus limitaciones son sustanciales: variabilidad entre donantes, dosis y vía de administración sin definir, escaso seguimiento a largo plazo y riesgo de transmisión de patógenos. En la mayoría de países, el TMF solo está autorizado para infecciones recurrentes por Clostridioides difficile y, en algunos casos, dentro de ensayos clínicos: no constituye un tratamiento aprobado para el hígado graso.

¿Qué puede aportar un análisis del microbioma intestinal?

Varios grupos de investigación desarrollan modelos que combinan firmas microbianas con datos clínicos para estimar la presencia de esteatosis o fibrosis sin recurrir a la biopsia. Algunos modelos experimentales han alcanzado precisiones notables, pero deben validarse en poblaciones independientes antes de aplicarse en la práctica: hoy por hoy, ninguna firma microbiana sustituye a la ecografía, la elastografía o las pruebas de laboratorio.

Un análisis del microbioma fecal puede ofrecer información sobre la composición de la comunidad microbiana, la diversidad, la abundancia relativa de géneros y especies detectadas y, según el método empleado, estimaciones del potencial funcional de rutas metabólicas relevantes para la nutrición. También permite comparar muestras repetidas en el tiempo y observar cómo responden a cambios dietéticos. Si quieres explorar este tipo de información, puedes solicitar una prueba del microbioma intestinal e interpretarla junto a tus hábitos actuales.

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Sus limitaciones son igual de importantes: la muestra fecal es una fotografía parcial y momentánea; los métodos y los rangos de referencia difieren entre laboratorios; y el resultado puede verse influido por la dieta reciente, la medicación, una enfermedad aguda o el manejo de la muestra. La asociación estadística no demuestra causalidad, y el resultado no constituye un diagnóstico de disbiosis, de hígado graso ni de ninguna otra enfermedad. Para valorar el hígado se requieren pruebas médicas específicas, como enzimas hepáticas, ecografía o elastografía. Para quien desee un punto de partida educativo, conocer tu microbioma con asesoramiento nutricional puede aportar contexto útil, siempre enmarcado en una evaluación médica completa.

Ideas clave

  • El eje intestino-hígado conecta ambos órganos a través de la vena porta; los productos microbianos pueden influir en la inflamación hepática.
  • El EHGNA, ahora llamado MASLD, es una enfermedad metabólica del hígado estrechamente ligada a la obesidad, la resistencia a la insulina y la diabetes tipo 2.
  • La disbiosis intestinal en el hígado graso se asocia de forma más consistente a menor diversidad microbiana y pérdida de bacterias productoras de butirato.
  • Mecanismos como la endotoxemia por LPS, la alteración de los ácidos biliares y el etanol endógeno están bien descritos en animales, con evidencia humana aún parcial.
  • El hígado graso suele cursar sin síntomas; signos como ictericia, fatiga persistente o molestias en la parte superior derecha del abdomen justifican consulta médica.
  • La disbiosis puede revertirse con hábitos sostenidos, y las fases tempranas del hígado graso mejoran con dieta mediterránea, fibra progresiva, pérdida de peso y ejercicio.
  • Los probióticos pueden mejorar modestamente la ALT en algunos ensayos, pero no son un tratamiento establecido y sus efectos dependen de la cepa concreta.
  • El TMF no está aprobado para el hígado graso, y ningún síntoma ni resultado de microbioma sustituye la evaluación médica del hígado.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia hay entre el EHGNA (NAFLD) y el nuevo término MASLD?

Ambos refieren la misma entidad con criterios actualizados. En 2023, varias sociedades científicas renombraron la enfermedad como MASLD y la esteatohepatitis como MASH, exigiendo además la presencia de factores de riesgo cardiometabólico. El nuevo nombre reduce el estigma del término «alcohólico» y refleja mejor su origen metabólico.

¿Qué pruebas se utilizan para detectar el hígado graso?

La vía habitual comienza con las enzimas hepáticas (ALT y AST) en una analítica y la ecografía abdominal, que detecta la grasa cuando es moderada o abundante. La elastografía transitoria y las escalas clínicas ayudan a estimar la fibrosis, y la biopsia se reserva para casos seleccionados. Un análisis de microbioma no sustituye a estas pruebas.

¿Cuáles son los primeros signos de que el hígado está sufriendo?

En las fases iniciales no suele haber síntomas y el hallazgo es a menudo incidental. Ictericia, orina oscura, fatiga persistente, molestias en la parte superior derecha del abdomen, pérdida de peso no deseada o hinchazón abdominal justifican consulta médica, aunque ninguna señal es específica del hígado.

¿Puede revertirse la disbiosis intestinal?

Sí: la microbiota responde a la dieta y al estilo de vida en días o semanas, aunque mantener la mejora exige sostener los hábitos. En el hígado graso, la esteatosis y la inflamación pueden mejorar notablemente con pérdida de peso, dieta y ejercicio, mientras que la fibrosis avanzada es mucho más difícil de revertir.

¿Cómo sanar el intestino y el hígado?

Las medidas con mejor respaldo son el patrón mediterráneo, la reducción de azúcares añadidos, el aumento progresivo de la fibra vegetal, la pérdida de peso cuando hay exceso, el ejercicio regular y un consumo bajo de alcohol. Los antibióticos deben usarse solo cuando estén indicados.

¿Deberías tomar probióticos si tienes problemas de hígado?

Algunas cepas pueden reducir modestamente la ALT en ensayos, pero los probióticos no son un tratamiento establecido del hígado graso y sus efectos dependen de la cepa y la dosis. Consúltalo antes con un profesional sanitario, sobre todo si estás inmunodeprimido, tienes una enfermedad grave o cirrosis. No sustituyen el tratamiento médico.

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